DIOS, LA VIDA…Omraam Mikhaël Aïvanhov

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DIOS, LA VIDA
En todas las religiones, el Dios supremo está considerado como la Fuente única
de la vida. Es Él quien da la vida y quien la retira, Él es el Señor, ya que Él es la
vida. Sin embargo, ¿qué se sabe de la vida? Únicamente podemos constatar la
multiplicidad de sus manifestaciones, y afirmar que en ella están incluidas todas las
posibilidades, todos los bienes; pero en realidad, continua siendo un misterio. Lo es
tanto la vida como Dios, y cualesquiera que sean los esfuerzos que hagan los
humanos para apoderarse de los secretos de la vida, no lo conseguirán. Puesto que
los biólogos han realizado algunas chapuzas jugando a aprendiz de brujo, quizás
podrán imaginarse, por un instante, que lo han logrado, pero pronto se verán
obligados a reconocer su fracaso porque la vida sólo pertenece a Dios. Dios da la
vida, pero Él guarda el secreto de su creación, ya que es su secreto: Él es la vida.
Como todas las criaturas en el universo, el ser humano es depositario de la vida,
pero únicamente depositario. Su superioridad sobre las otras criaturas terrestres,
está en que no recibe únicamente la vida a través de su cuerpo físico, sino también
a través de su corazón, su intelecto, su alma y su espíritu. Y para que esta vida
pueda manifestarse en plenitud, debe vincularse conscientemente con la Fuente:
Dios.

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Sólo es nuevo, verdaderamente nuevo, lo que procede de la Fuente divina, y es con
esta Fuente con la que debemos conectamos para regeneramos.
¡Es tan difícil hacer comprender a los humanos, que no están preparados, la
realidad del mundo sutil! y por esto utilizaré otro ejemplo de la vida cotidiana.
Poseéis en vuestra casa una instalación eléctrica que os permite tener luz y
calefacción. ¿Cómo? Enchufando. Enchufáis vuestra lámpara a la corriente y tenéis
luz; enchufáis vuestro radiador y tenéis calor; enchufáis vuestro aparato de radio o
de televisión, y oís los programas. La electricidad que llega a vuestras casas y que
os permite poner en marcha estos aparatos, depende de una central eléctrica. Por lo
tanto, si no conectáis vuestra lámpara, vuestro radiador o vuestra radio a esta
central, permaneceréis en la oscuridad, temblaréis de frío y no oiréis los mensajes
que circulan por el mundo. Pues bien, simbólicamente, la central es el Señor, y todo
lo que hace posible vivir, procede de esta central. Entonces, querer suprimir al
Señor, es meterse en las peores condiciones de oscuridad y de frío espiritual, y yo
no tengo palabras para expresar la inmensidad de esta ceguera… aquí,
verdaderamente no puedo, me confieso vencido.

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Física y espiritualmente, para estar vivo, es necesario conectarse a la central de
la vida. Algunos dirán: «Ahora ya lo entendemos, pero ¿cómo conectarnos? No
tenemos ni cables ni enchufes.» Pues bien, os equivocáis. Ya os he explicado que la
Inteligencia cósmica ha dotado al ser humano de centros sutiles que le permiten
comunicarse con las regiones espirituales. Debemos, en primer lugar, tomar
conciencia de estos centros que se pueden considerar, en el mundo del alma y del
espíritu, como el equivalente de los órganos en el plano físico, y al mismo tiempo,
adoptar normas de conducta que nos permitan desarrollarlos. Todas estas prácticas,
todos estos consejos que nos han transmitido los Iniciados, y que llamamos moral,
debemos respetarlas, no porque se trate de sometemos a convenciones humanas pasajeras, ni tampoco para complacer a un Dios que vive no se sabe dónde, más allá de las nubes…

between-heaven-and-earth-sea-sunset-nature La verdadera razón, es que cada pensamiento, cada sentimiento, cada acto tiene repercusiones en lo más profundo de nuestro ser y contribuye, bien a enriquecer, bien a empobrecer nuestra vida.
Dios nos ha dado la vida, pero para estar realmente vivos, debemos realizar todo
un trabajo. Esta vida que hemos recibido, a nosotros nos corresponde reforzarla,
volverla más hermosa, más sutil, más espiritual. La vida tiene grados y grados. El
que permanece en los grados inferiores, solamente podrá entrar en comunicación
con las realidades que están a su nivel. Corta el vínculo con la Fuente, y luego se
dice a sí mismo: «Nada tiene sentido, Dios no existe.» Es normal, ¿cómo podría
comprender algo de las realidades superiores? Cuándo se permanece tan bajo en la
conciencia, ¿cómo puede alguien alegrarse de la existencia de Dios? Así no puede
sentirse a Dios, ni dentro ni fuera de uno mismo. Para sentir la vida divina, primero
hay que divinizar nuestra propia vida. Es la vida divina que hay en nosotros la que
despierta los centros espirituales que nos permitirán percibir la existencia de Dios.

universo

No debemos pues preguntamos si Dios existe o no para decidir el sentido que
queramos dar a nuestra vida. Hay que hacer precisamente todo lo contrario: dar un
sentido cada vez más rico a todos los instantes de la vida, y después no será
necesario preguntarse sobre la existencia de Dios porque será una evidencia. Dios
es la vida, la plenitud de la vida, y para sentir su presencia, hay que estar vivo y
descubrir que a su alrededor todo está también vivo: ¡la tierra está viva, el agua está
viva, el aire está vivo, el fuego y la luz están vivos! ¿Qué puede sentir un muerto?
Aunque le deis muchas cosas, no reaccionará, ya que su vida se ha ido y no puede
experimentar ninguna sensación. Para tener sensaciones, es preciso estar vivo.
Diréis que esto ya lo sabéis… Sí, teóricamente todo el mundo lo sabe. Pero esto no
basta, y por esto vemos por doquier tantos cadáveres andantes.
Existe un Ser del que dependemos por completo, y es por ello que debemos
conservar sin cesar el vínculo con Él y osar dirigirnos contra todas las voluntades
interiores y exteriores que intentan obstaculizarnos. El que suprime la fe en la
Causa primera, no hace más que profanar y envilecerlo todo, primero dentro de sí
mismo, y luego a su alrededor, ya que se desvincula de la Fuente de la vida. La
vida procede de lo alto, es la quintaesencia de Dios mismo, por lo tanto, tenemos la
misión de recibirla en cada una de nuestras obligaciones, de abrirle un camino en
nosotros y aprender a conservarla con toda su luz, su riqueza y su poder, a fin de
poder propagarla también a nuestro alrededor. A veces nos encontramos con
personas que tienen este don de recibir y de propagar, de irradiar vida por donde
pasan. Se encuentran, frecuentemente, entre los seres de una elevada espiritualidad,
entre artistas, pero también entre gente muy sencilla, poco instruida. Los
intelectuales y las personas muy instruidas, con su costumbre de analizar y
escudriñarlo todo, se desvinculan de la vida, y por eso, a pesar de sus
conocimientos, son desgraciados, adustos y cometen muchos errores: no poseen la
verdadera inteligencia de la vida.
Esforzaros en cultivar esta conciencia de vida divina que penetra en cada cosa, y
sentiréis manifestarse a vuestro alrededor presencias sutiles, luminosas. Algunas
religiones las denominan ángeles. Los ángeles son emanaciones de la vida divina –
la tradición cabalística enseña que son los portadores de la vida pura- y se
manifiestan cada vez que lográis vivir momentos de una gran intensidad espiritual:
ciertas emociones místicas, cierta calidad del silencio, ciertas vibraciones en la
atmósfera de una sala donde acabáis de rezar, de meditar, son la manifestación de
presencias angélicas. Diréis que no las veis… Pero vosotros no veis tampoco
vuestros pensamientos, vuestros sentimientos o vuestra vida, y sin embargo no las
ponéis en duda, os bastan sus manifestaciones. Lo que se ve, no es más que la
corteza de las cosas, su apariencia. La esencia siempre permanece invisible. Así
pues, quizás no veáis a los ángeles, pero sentiréis su presencia, y esta presencia es
una sensación que no puede ser puesta en duda. Esto es la vida: vibraciones,
corrientes que circulan a través del espacio.

Nueva imagen
Toda vida depende de Dios, de la Fuente cósmica, y gracias a ella los pájaros
cantan, las flores se abren, el sol y las estrellas brillan; la Fuente sostiene y nutre
todas las existencias. Debéis escribir este pensamiento, no sólo en vuestros
cuadernos, sino también en las páginas de vuestro libro interior. Los cabalistas
decían: «Grabad el nombre de Dios en vuestra puerta, en vuestro tejado, en vuestro
cuerpo, en vuestra cara, en vuestras manos y en vuestra alma, en todas partes.
Porque sólo estaremos vivos si sabemos mantener nuestra unión con Dios.

Fuente:http://www.omraam.es/index.php

Extracto: Paginas 64-67

OM-42-02-LA FE QUE MUEVE MONTAÑAS (La Fe, la Esperanza y el Amor)

 

 

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