“UN HIJO DE DIOS, ES HERMANO DE TODOS LOS HOMBRES”… Omraam Mikhaël Aïvanhov

Hace dos mil años, la llegada de Jesús instauró un orden de
cosas en el que, por primera vez en la historia de los hombres, se
concedía el primer lugar en importancia a los valores de amor,
bondad, perdón, paciencia, dulzura, humildad y sacrificio, y
aunque la palabra de Jesús no ha sido hasta ahora ni bien
comprendida, ni correctamente aplicada, ha bastado con que la luz
se hubiera introducido en algunos seres para que se transmitiera
de siglo en siglo. El amor hacia el prójimo enseñado por Jesús, y
que deriva de esta verdad de que los humanos son hijos e hijas de
un mismo Padre, ha permitido abrirse camino a la idea de la
fraternidad.
Jesus y hermanos

Si Jesús fue hasta tal punto excepcional, es porque vino a
afirmar que, cualquiera que fueran su raza, su cultura o su
pertenencia social, ante Dios todos los seres humanos son iguales
en esencia. Las desigualdades que se manifiestan, sólo son
superficiales y pasajeras: sus cualidades físicas, intelectuales,
morales, espirituales, los acontecimientos de su existencia, todo lo
que hace que en un terreno u otro, algunos parecen privilegiados y
los otros no, corresponde solamente a un instante de la evolución.
Los humanos son hermanos y hermanas por la vida, la vida divina
que fluye en ellos y que les hace también hermanos y hermanas
de toda la creación.
Si se estudian los diferentes episodios de la vida de Jesús
relatados en los Evangelios, se ve que no cesó de derribar
barreras, y que abría su corazón y sus brazos a todos aquellos que
eran considerados despreciables, impuros o enemigos. No eligió
como discípulos a hombres instruidos o influyentes. No sólo iba
al Templo a hablar con los doctores de la Ley, sino que iba por
los caminos para instruir a la multitud y curar a los enfermos.
Entraba en las casas de la gente más sencilla o de mala reputación
para comer con ellos diciendo: «No son aquellos que están bien
quienes necesitan un médico, sino los enfermos.» Dejaba que los
niños se acercaran a él, como testimonia ese episodio en el que
sus discípulos, queriendo alejar a aquellos que se acercaban – sin
duda ¡pensaban que no tenía tiempo para perder con los niños! –
les reprendió. Y sobre todo, contrariamente a la mentalidad de esa
época, no consideraba a las mujeres como criaturas inferiores; no
sólo las aceptaba entre sus allegados, sino que manifestaba respeto, bondad y compasión hacia ellas. Observad cómo habló a la Samaritana, cómo puso como ejemplo a esta «pecadora» que había vertido perfume sobre sus pies, o cómo salvó a la mujer adúltera de ser lapidada.

A diferencia de los brahmanes o de los fariseos que,
considerándose como una elite, despreciaban al pueblo y lo
mantenían a distancia, Jesús no temía ser mancillado por el
contacto de las personas, incluso aunque fueran consideradas
como impuras. ¿Por qué? Porque él era realmente puro. Los seres
de una gran pureza sienten que pueden ir a todas partes y
frecuentar con cualquier persona, no temen ser manchados por los
demás, porque su amor es más fuerte que todo. Amar a alguien, es
reconocer que existe una unión entre él y nosotros, y esta unión
hace caer las barreras que nos separan.
Jesús vino a enseñar que ningún ser humano debe ser
rebajado u oprimido en nombre de unas leyes fabricadas por un
puñado de gente que, invocando una supuesta superioridad, se
atribuyen la prerrogativa de regentar la existencia de los demás.
Para Jesús, la única ley válida era la ley del amor; por esto llegó
incluso a alzarse contra el Sabbat, este precepto que prohibía
cualquier forma de trabajo el séptimo día de la semana, con el
pretexto de que fue dicho que ¡el séptimo día de la creación Dios
descansó!
Esta ley que era tan extremadamente rigurosa, y que llegaba
incluso a prohibir al que tuviera hambre coger alimento, Jesús no
la respetó. De este modo escandalizó a los fariseos cuando un día
de Sabbat, permitió a sus discípulos hambrientos que fueran a
recoger algunas espigas de trigo para comerlas. Y les hizo este
reproche: «Si supierais lo que significa: Siento placer en la
misericordia y no en el sacrificio, no condenaríais a unos
inocentes.» Aquél mismo día, curó en la sinagoga a un hombre
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que tenía la mano paralítica, y explicó su gesto diciendo: «El
Sabbat está hecho para el hombre y no el hombre para el
Sabbat.» Pero esto era demasiado para los fariseos: «Y pronto,
dice el Evangelio, buscaron la manera de hacerle perecer.»
Jesús tuvo la osadía de poner por encima de todo el amor al
prójimo, el respeto por esta vida que el hombre recibió de Dios, y
tuvo que pagar esta osadía con su propia vida. Esto es sobre lo
que los cristianos deben meditar, porque con su comportamiento,
y después de dos mil años de cristianismo, la mayoría revelan que
no comprenden a Jesús mucho más que lo hacían los fariseos.
Rechazar a un ser humano, despreciado, humillarlo, equivale a
declarar que no es una criatura de Dios, y nadie tiene derecho a
declarar una cosa semejante, ni a entrometerse entre un ser
humano y su Padre celestial. Si alguien aplica su voluntad para
sustraerse él mismo del amor divino, evidentemente es libre, pero
nadie puede sustraerle, nadie tiene derecho a sustraerle. Todos son
acogidos en la casa del Padre. Incluso los hijos extraviados son
acogidos cuando desean sinceramente regresar, y su Padre celebra
su regreso, como lo afirma Jesús en la parábola del hijo pródigo.
Jesús fue un verdadero revolucionario porque quiso revelar
a todos, incluso a los más oscuros de entre los hombres, todos
estos tesoros del Padre celestial que, hasta entonces, habían estado
reservados para algunos incluso aunque no fueran dignos de ello.
Quiso abrir las puertas del Reino de Dios para todos, porque
incluso los más humildes, incluso los más despreciados y los más
culpables, son sus hijos y sus hijas; Él colocó en ellos esta chispa,
el espíritu, que es una parte de Él mismo, y es la presencia de esta
chispa la que les permite ser partícipes de la naturaleza misma de
Dios. Si cometen errores, si cometen crímenes, merecen
evidentemente no sólo ser reprendidos sino también ser
castigados. Pero aunque deban ser tratados con severidad y deban
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ser apartados, no hay que olvidar nunca que existe en alguna parte
de ellos, profundamente enterrada, una semilla divina, y que esta
semilla divina debe ser respetada y cultivada. Con las
humillaciones que se hace sufrir a sus hijos, es Dios mismo quién
se siente ofendido.
Cuando se dice que todos los seres humanos son hijos e
hijas del mismo Padre y de la misma Madre, esto no significa que
sean iguales, sino que son hermanos. De hecho, en una misma
familia, nos vemos obligados a constatar que no todos los
hermanos y hermanas son iguales; las facultades físicas,
intelectuales, morales y espirituales no están repartidas por igual
entre todos ellos, pero el lazo que existe entre ellos debe reparar
estas desigualdades. La igualdad figura en el lema de la República
francesa: «Libertad, Igualdad, Fraternidad», pero en realidad no
puede haber igualdad entre los humanos.
El hecho de nacer en una época determinada, en tal país, en
tal familia, tener una determinada constitución física, estar
provisto o privado de ciertas cualidades -lo que está determinado
por encarnaciones anteriores- establece de entrada las
posibilidades de éxito de los individuos. Una sociedad puede
trabajar siempre a favor de la igualdad, y es muy deseable que así
lo haga, pero siempre habrán desigualdades: siempre habrán ricos
y pobres, sanos y enfermos, capaces e incapaces, sensatos y
cabezas locas. El único medio para remediar estas desigualdades
es la conciencia del vínculo fraternal que une a todos los seres
humanos entre sí.
Diréis que la igualdad que existe como lema de la República
francesa es la igualdad ante la ley. Sí, ya lo sé. Pero ahí tampoco
es realizable esta igualdad. La ley es la misma para todos, de
acuerdo, pero ante este ley ¿están todos los ciudadanos armados
por un igual? ¿Están provistos de idénticos medios y posibilidades? No.

E incluso si los gobiernos multiplican las leyes
destinadas a corregir estas desigualdades, esto jamás podrá ser
suficiente. La verdadera igualdad es irrealizable y siempre deberá
ser completada por la fraternidad.
Jamás habrá igualdad entre los humanos, porque nunca
estarán situados bajo iguales condiciones ni provistos de las
mismas facultades; por tanto, sólo son iguales en dignidad, en
calidad de hijos de Dios. Y esta dignidad sólo puede ser
comprendida y experimentada en la medida en que sean capaces
de considerarse como hermanos entre sí: no solamente los más
privilegiados deben sentir que son hermanos de los más
desheredados, sino también los más desheredados deben sentir
también que existe en ellos alguna cosa que los hace ser iguales a
los más grandes sabios, a los mayores gemelos.

Fuente: Extracto de OM-42-10-QUE ES SER UN HIJO DE DIOS complet

www.omraam.es

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